martes, 13 de enero de 2015

Juan Pablo Franky nos regala su impresión del viaje y lo visto y vivido en Mar del Plata en este repaso del 2014.

Impresiones Mar Platenses

El Rápido y La Feliz

Parecía que estaban regalando comida en la terminal de transporte de Mar del Plata. Al bajarnos del ómnibus, El Rápido, ante nosotros se materializó el feriado del Día de la soberanía Nacional y aunque la multitud llegaba preparada para una fiesta, un cielo nublado, un viento frio y unas calles desoladas, fue el telón de fondo con el cual esa mañana La Feliz recibía a todos sus invitados. En todo caso sabíamos que lo que movilizaba a toda esa gente era la playa y no un Festival de cine. ¿Qué clase de enfermos tienen un fin de semana largo para descansar y prefieren gastarlo metidos en una sala de cine desde las 9 am hasta la media noche? En realidad, no muchos, aunque los hay y alcanzan para llenar salas de cine.

El Festival prometía. Más de uno clamaba en blogs y páginas de cine que este año el festival había logrado una grilla de programación envidiable, que estaba codeándose con el BAFICI y que con el esfuerzo y la constancia de sus programadores había recuperado el esplendor que ostentaba en otros años. Llegamos a Punto Hostel, un amable hospedaje regenteado por Pablo Galera, un joven empresario emprendedor  que este año patrocinó a kualkiera.com para poder realizar el cubrimiento del festival. Después de despojarnos de nuestros corotos salimos a buscar las acreditaciones del festival y el catalogó en el que tendríamos que escarbar para encontrar las películas que pensamos serían las joyas insoslayable del evento. Sin muchas jugadas seguras terminamos apostando un poco al azar y un poco a las recomendaciones varias sin una ruta de viaje clara, pero con los brazos abiertos hacia la aventura que siempre implica un Festival de cine.


Cuerpos  

Si algo es vital para la imagen esto es la materia: su color, su textura, su forma, sus pliegues, sus curvas. Mientras hay directores que buscan desarrollar con cuidado una historia esperando que las imágenes sean sólo el soporte de esta, otros se dedican a explorar el poder de la imagen, capturar las cualidades de los cuerpos aprovechando sus capacidades comunicativas/sensitivas para introducirnos en mundos particulares. Esto último es lo que se propone Gabriel Mascaró con su primer largometraje de ficción: Vientos de Agosto. El director brasilero confía en la voluntad de la imagen, en el sigilo del contraluz, en el pulso de la naturaleza para presentarnos la vida en un pueblito costero de Brasil, la relación que se cocina entre dos jóvenes trabajadores en una plantación de cocos y la llegada de un forastero que registra las características del viento.

Pero aunque los cuerpos, tanto de los vivos como de los muertos, son primordiales en Vientos de Agosto,  será el de la protagonista el que se apodere de la pantalla. Su sensualidad es capturada por el director en planos generales, en primeros planos, en siluetas y en escorzos. Shirley (Dandara de Morais) quiere aprender a tatuar, monta skate y escucha punk. Para ella Dios no existe y si existe la castigó confiándola a un pueblito donde ve pasar el tiempo con resignación, bronceándose con Coca-cola en un bote en el mar o peinando el tupido cabello de su abuela. Acá no estamos frente a un drama proletario de corte costumbrista en el que se abusa de lo exótico y las carencias de los menos favorecidos. Aunque son los mismos elementos del cine latinoamericano más simplón y berreta, Mascaró los coloca frente a la cámara con tacto, los presenta con un ojo sensible y muchas veces, sencillamente, los deja ser frente a la cámara para que la historia, aunque pequeña, se despliegue impulsada más por las imágenes que por las palabras.

Rostros

Si los cuerpos ostentan un poder visual, mucho más lo hacen los rostros cuando la cámara se acerca a ellos para potenciar sus ajadas formas o su lucida lozanía. En todo caso hay rostros particulares que no necesitan de acercamientos para que su presencia se magnifique. Son presencias que se imponen y que con cada gesto y movimiento nos recuerdan su existencia. El director francés Bruno Dumont sabe de lo que hablamos y P`tit Quinquin  es la mejor muestra de ello. Una miniserie que se acomodó al formato cine y que logra capturarnos durante sus tres horas y media gracias a su humor absurdo, su lograda trama de policial con tonos Lyncheanos y un casting donde los rasgos físicos llevan el peso dramático gracias a la obsesión del director por que sean los cuerpos los que hablen por encima de las palabras.

La película se centra en una investigación policial llevada a cabo por dos “investigadores” que hacen de pareja dispareja en un tranquilo poblado francés. Esas campiñas bucólicas donde parece que ni dios ni el diablo están al tanto de su existencia, se presentan como el escenario de asesinatos  delirantes que comienzan a vincular al pueblo de diferentes maneras y en donde un grupo de niños inocentes será testigos de las pesquisas policiales. Quinquin será el niño altanero y díscolo que guía el relato mientras la investigación se lleva acabo. Pero como el nombre lo indica es el pequeño Quinquin sobre quien recae un relato que, aunque rebosante de humor visual y situaciones extraordinarias, está anclado a una realidad humana en donde hay racismo, envidia y muerte a la orden del día.

Elegida por Cahiers du Cinema como la mejor película del año, está obra atípica en la filmografía de Bruno Dumnont debido a su tono cómico, tiene en la misa de un muerto una de los mejores momentos cómicos del año. De esto estamos seguros, aunque no sabemos si sea lo mejor del 2014, sin duda está dentro de las cinco mejor.

Presencias

Aunque la materia sea vital para la imagen, cuando hay que vincular esa materia a un carácter especifico o a una forma de ser particular, no es suficiente con que el cuerpo se pare erguido frente a la cámara. Algunas veces es necesario que hable más el carácter que el cuerpo, que el rostro, que la mera presencia. Vientos de Agosto y P´tit Quinquin logran que los cuerpos comuniquen sin mucho histrionismo, es su propuesta y lo logran con creces, pero en el caso de Gente de Bien del colombiano Franco Lolli la apuesta va por otro lado. Acá lo que colma la pantalla de vitalidad es la vida de los personajes, sus rostros y sus cuerpos hablan, pero son las actitudes de los personajes las que gritan soy alguien y acá estoy y acá me quedo. En especial la del niño protagonista de la película. Al verlo patalear, rezongar y enfurruñarse sentimos/sabemos que no puede existir otro niño más idóneo para ese personaje. El director retoma ese legado neorrealista en el cual el personaje adecuado para narrar lo que quiere narrar existe y no hay que recurrir a alguien para interpretarlo. Está deambulando por las calles, sólo hay que encontrar a esa persona que no tiene que actuar frente a la cámara sino simplemente ser una presencia vital y latente que la cámara capture.

Gente de bien toca el tema más Sur Americano que existe. Esa división clasista entre ricos y pobre, esa línea divisoria que en algunos momentos se topa por razones varias, pero que siempre está en contacto debido las relaciones laborales. Porque son los pobres los que trabajan para los ricos y el protagonista es un niño pobre que se adentra en el mundo de la gente adinerada mientras su padre trabaja para ellos. Un mundo que le es ajeno, en donde los lujos no sobran y la apatía resuena entre líneas en cada frase. La película muestra la división de estos mundos y busca presentar sin pretensiones el resultado de un encuentro en el cual cada una de las partes involucradas se acomoda a su rol social desencadenando situaciones en las cuales se va forjando el futuro y carácter del niño protagonista.










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