Impresiones Mar Platenses
El Rápido y La Feliz
Parecía que estaban regalando comida en
la terminal de transporte de Mar del Plata. Al bajarnos del ómnibus, El Rápido,
ante nosotros se materializó el feriado del Día de la soberanía Nacional y
aunque la multitud llegaba preparada para una fiesta, un cielo nublado, un viento
frio y unas calles desoladas, fue el telón de fondo con el cual esa mañana La
Feliz recibía a todos sus invitados. En todo caso sabíamos que lo que
movilizaba a toda esa gente era la playa y no un Festival de cine. ¿Qué clase
de enfermos tienen un fin de semana largo para descansar y prefieren gastarlo
metidos en una sala de cine desde las 9 am hasta la media noche? En realidad,
no muchos, aunque los hay y alcanzan para llenar salas de cine.
El Festival prometía. Más de uno clamaba
en blogs y páginas de cine que este año el festival había logrado una grilla de
programación envidiable, que estaba codeándose con el BAFICI y que con el
esfuerzo y la constancia de sus programadores había recuperado el esplendor que
ostentaba en otros años. Llegamos a Punto Hostel, un amable hospedaje
regenteado por Pablo Galera, un joven empresario emprendedor que este año patrocinó a kualkiera.com para
poder realizar el cubrimiento del festival. Después de despojarnos de nuestros
corotos salimos a buscar las acreditaciones del festival y el catalogó en el
que tendríamos que escarbar para encontrar las películas que pensamos serían
las joyas insoslayable del evento. Sin muchas jugadas seguras terminamos apostando
un poco al azar y un poco a las recomendaciones varias sin una ruta de viaje
clara, pero con los brazos abiertos hacia la aventura que siempre implica un
Festival de cine.
Cuerpos
Si algo es vital para la imagen esto es la
materia: su color, su textura, su forma, sus pliegues, sus curvas. Mientras hay
directores que buscan desarrollar con cuidado una historia esperando que las
imágenes sean sólo el soporte de esta, otros se dedican a explorar el poder de
la imagen, capturar las cualidades de los cuerpos aprovechando sus capacidades comunicativas/sensitivas
para introducirnos en mundos particulares. Esto último es lo que se propone
Gabriel Mascaró con su primer largometraje de ficción: Vientos de Agosto. El
director brasilero confía en la voluntad de la imagen, en el sigilo del contraluz,
en el pulso de la naturaleza para presentarnos la vida en un pueblito costero
de Brasil, la relación que se cocina entre dos jóvenes trabajadores en una
plantación de cocos y la llegada de un forastero que registra las
características del viento.
Pero aunque los cuerpos, tanto de los
vivos como de los muertos, son primordiales en Vientos de Agosto, será el de la protagonista el que se apodere
de la pantalla. Su sensualidad es capturada por el director en planos
generales, en primeros planos, en siluetas y en escorzos. Shirley (Dandara de
Morais) quiere aprender a tatuar, monta skate y escucha punk. Para ella Dios no
existe y si existe la castigó confiándola a un pueblito donde ve pasar el
tiempo con resignación, bronceándose con Coca-cola en un bote en el mar o
peinando el tupido cabello de su abuela. Acá no estamos frente a un drama
proletario de corte costumbrista en el que se abusa de lo exótico y las carencias
de los menos favorecidos. Aunque son los mismos elementos del cine
latinoamericano más simplón y berreta, Mascaró los coloca frente a la cámara
con tacto, los presenta con un ojo sensible y muchas veces, sencillamente, los
deja ser frente a la cámara para que la historia, aunque pequeña, se despliegue
impulsada más por las imágenes que por las palabras.
Rostros
Si los cuerpos ostentan un poder visual,
mucho más lo hacen los rostros cuando la cámara se acerca a ellos para
potenciar sus ajadas formas o su lucida lozanía. En todo caso hay rostros particulares
que no necesitan de acercamientos para que su presencia se magnifique. Son
presencias que se imponen y que con cada gesto y movimiento nos recuerdan su
existencia. El director francés Bruno Dumont sabe de lo que hablamos y P`tit
Quinquin es la mejor muestra de ello.
Una miniserie que se acomodó al formato cine y que logra capturarnos durante
sus tres horas y media gracias a su humor absurdo, su lograda trama de policial
con tonos Lyncheanos y un casting donde los rasgos físicos llevan el peso dramático
gracias a la obsesión del director por que sean los cuerpos los que hablen por
encima de las palabras.
La película se centra en una
investigación policial llevada a cabo por dos “investigadores” que hacen de
pareja dispareja en un tranquilo poblado francés. Esas campiñas bucólicas donde
parece que ni dios ni el diablo están al tanto de su existencia, se presentan
como el escenario de asesinatos delirantes
que comienzan a vincular al pueblo de diferentes maneras y en donde un grupo de
niños inocentes será testigos de las pesquisas policiales. Quinquin será el
niño altanero y díscolo que guía el relato mientras la investigación se lleva
acabo. Pero como el nombre lo indica es el pequeño Quinquin sobre quien recae
un relato que, aunque rebosante de humor visual y situaciones extraordinarias,
está anclado a una realidad humana en donde hay racismo, envidia y muerte a la
orden del día.
Elegida por Cahiers du Cinema como la
mejor película del año, está obra atípica en la filmografía de Bruno Dumnont
debido a su tono cómico, tiene en la misa de un muerto una de los mejores
momentos cómicos del año. De esto estamos seguros, aunque no sabemos si sea lo
mejor del 2014, sin duda está dentro de las cinco mejor.
Presencias
Aunque la materia sea vital para la imagen,
cuando hay que vincular esa materia a un carácter especifico o a una forma de
ser particular, no es suficiente con que el cuerpo se pare erguido frente a la
cámara. Algunas veces es necesario que hable más el carácter que el cuerpo, que
el rostro, que la mera presencia. Vientos de Agosto y P´tit Quinquin logran que
los cuerpos comuniquen sin mucho histrionismo, es su propuesta y lo logran con
creces, pero en el caso de Gente de Bien del colombiano Franco Lolli la apuesta
va por otro lado. Acá lo que colma la pantalla de vitalidad es la vida de los
personajes, sus rostros y sus cuerpos hablan, pero son las actitudes de los
personajes las que gritan soy alguien y acá estoy y acá me quedo. En especial
la del niño protagonista de la película. Al verlo patalear, rezongar y
enfurruñarse sentimos/sabemos que no puede existir otro niño más idóneo para
ese personaje. El director retoma ese legado neorrealista en el cual el
personaje adecuado para narrar lo que quiere narrar existe y no hay que recurrir
a alguien para interpretarlo. Está deambulando por las calles, sólo hay que
encontrar a esa persona que no tiene que actuar frente a la cámara sino
simplemente ser una presencia vital y latente que la cámara capture.
Gente de bien toca el tema más Sur
Americano que existe. Esa división clasista entre ricos y pobre, esa línea
divisoria que en algunos momentos se topa por razones varias, pero que siempre
está en contacto debido las relaciones laborales. Porque son los pobres los que
trabajan para los ricos y el protagonista es un niño pobre que se adentra en el
mundo de la gente adinerada mientras su padre trabaja para ellos. Un mundo que
le es ajeno, en donde los lujos no sobran y la apatía resuena entre líneas en
cada frase. La película muestra la división de estos mundos y busca presentar
sin pretensiones el resultado de un encuentro en el cual cada una de las partes
involucradas se acomoda a su rol social desencadenando situaciones en las
cuales se va forjando el futuro y carácter del niño protagonista.
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